Bosque mágico


Texto: Marthina Apodaca
Foto: Gentileza

Steve, Ben, Daniel y Kai, ¿a quiénes más necesitaría para escapar de la oscuridad de mi vida? Mis amigos siempre han estado para ofrecerme una mano, y esta noche no es excepción alguna. Mientras miramos las estrellas del cielo y disfrutamos de la fogata que hicimos, destacamos aquella estrella más brillante para incluirla en nuestra historia como uno de nosotros. Ha visto y escuchado los secretos que hemos compartido y nunca ha juzgado. Así que, esta vez descansaremos en lugar de seguir explorando el lugar que pudimos invocar gracias a nuestros poderes mágicos.

La isla mágica, era nuestro lugar seguro tal cual bebé en brazos de su mamá, nos dejaba disfrutar de la frescura que es ser joven, sin preocupaciones ni lamentos, con la diversión bajo la manga. En una noche en especial, no se sentía como las otras. Algo andaba mal, todo el ambiente era raro. De todas formas, no escuché a mi instinto y, con el resto de los chicos, nos fuimos a dormir. Luego, me despertaron abruptamente con el desespero de Daniel en mis oídos. “¡Terry!”, gritaba mientras me sacudía con violencia, con temor, y en cuanto se restauraron todos mis sentidos, todo estaba totalmente rojo ante mis ojos. Con ayuda de Daniel, pude levantarme en un segundo.

En el fondo distinguí al resto de chicos intentando, en vano, espantar algo que se escondía detrás de los arbustos con ramas. La heterocromía, el azul y el verde de sus ojos que brillaban con la intensidad de dos soles, de aquella bestia la reconocí y escalofríos me recorrieron de pies a cabeza, despertando mi modo de supervivencia. Y así, mientras que el bosque se quemaba, grité al resto para que podamos escapar de un final fatídico. En medio de los crujidos del bosque quemado y de los golpes de las ramas cayendo al suelo, divisamos aquella enorme puerta que nos permitió entrar anteriormente. Una salida de lo que aquella isla se había vuelto, un infierno. Sin mirar atrás, sin verificar si aquella bestia nos seguía, con cada paso apresurado y veloz tal cual gacela, nos acercamos hasta aquella puerta que lentamente se abría por cuenta propia.

En cuanto cruzamos el umbral de la puerta, alguna luz blanca proveniente de lo que sea que estaba del otro lado, encandilaba; por ello, tuve que cerrar los ojos y, en cuanto estos dejaron de arder en molestia, los abrí para encontrarnos a todos juntos en uno de los vagones del tren que nos llevaba a casa. Cruzamos miradas, sabiendo exactamente que aquel lugar que considerábamos seguro ya no sería un buen lugar para volver y sería imposible deshacernos de tal ente que parecía ser parte de nuestras sombras. La invasión de la bestia con sus malas intenciones cambió todo en nuestras vidas.

*Cuento elaborado en el Taller de Géneros Literarios con la Prof. Inés Guerrico.

FACEBOOK - TU OPINION NOS INTERESA

comments

, ,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *