Perdido en el tiempo

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Texto y foto: Guadalupe Acosta

En uno de los rincones olvidados de Asunción, allá donde las veredas han perdido casi todo el color, se confunden con las grietas del pavimento las paredes de una casa que ya por su apariencia se puede deducir que dentro de sus paredes habitan los recuerdos de lo que fue alguna vez un bello palazón.
Casi atiborrado de cosas hasta el techo se encuentra en su interior. Ollas, cuadros, papeles que se mezclan formando pilas y pilas que desafían las leyes de la gravedad. Libros, aparatos viejos y misteriosas estatuas conviven en un hacinamiento prácticamente inhumano. Y allá sobre una tele vieja un gato reposa tomando una siesta, pero alerta y vigilante en caso de que un intruso ose interrumpir la paz del reino de objetos.
Los pequeños espacios sobrantes forman infinitos pasillos, que parecen no tener límite. Cada uno te lleva a otro mundo, a una puerta vieja tirada, a copas de cristal que alguna vez se llenaron de champán para brindar. El polvo se volvió una capa protectora que cubre a cada una de las maravillas ocultas. Ellas esperan a un nuevo destino y reposan en un sueño sutil.
En una de las sillas desgastadas se mece un anciano, que no habla, no emite palabra más allá de un cordial saludo y responde secamente el precio de las piezas que conforman su tesoro. Supongo que su único amigo es el gato, el parece ser un perfecto compañero de su silencio.
Sus ojos de color avellana ocultan desde mi parecer una profunda tristeza. Se sienta todos los días a lado de una olla vieja de cobre y rodeado de portarretratos con el rostro de una hermosa mujer. Quizás sea ella la razón de su nostalgia. Quizás vende los recuerdos que ya no quiere tener.
El único aparato de este siglo es un televisor de pantalla plana, que todos los días está en silencio sino es en un volumen muy bajo. Él no lo mira, mira a la calle, esperando quizás que su compañera lo venga a buscar. Ahí está el pequeño rincón, perdido en el tiempo dentro de esta gran ciudad.

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