Por Eduardo Martínez
Participar en el coloquio sobre Mario Schaerer Prono no fue simplemente asistir a una charla más. Fue una experiencia que me movilizó profundamente, porque por primera vez sentí que la historia dejaba de ser algo lejano para convertirse en algo cercano, casi propio.
Antes de este encuentro, mi conocimiento sobre la dictadura en Paraguay era general. Sabía lo que pasó, pero no lo sentía. No tenía rostro, no tenía una historia concreta con la cual conectar. Escuchar sobre Mario cambió eso. Ya no era solo una víctima, era un estudiante, un joven como nosotros, con sueños, ideales y una vida en construcción.

En mi caso, como persona con discapacidad visual, la forma en que percibo el mundo está profundamente ligada a lo que escucho, a lo que interpreto y a lo que logro sentir a través de las palabras de otros. Por eso, este coloquio tuvo un impacto aún más fuerte. No “vi” imágenes, pero construí una imagen mucho más profunda: una imagen emocional, simbólica, que se fue formando a partir de cada testimonio, de cada relato y de cada silencio.
Desde el interaccionismo simbólico, esto tiene mucho sentido. Tal como plantea Blumer, actuamos en base a los significados que construimos en la interacción con otros. Y eso fue exactamente lo que ocurrió conmigo: mi forma de entender la historia, la universidad y mi propio rol como estudiante cambió a partir de este espacio de intercambio.
El coloquio no solo transmitió información, transmitió sentidos. Mario dejó de ser un nombre y pasó a convertirse en un símbolo. Un símbolo de compromiso, de valentía, pero también de todo lo que puede perderse cuando una sociedad no protege a sus jóvenes.
Lo que más me impactó fue sentir que él también fue estudiante, que transitó espacios similares a los que hoy habitamos. Eso generó una conexión muy fuerte en mí. En ese momento me pregunté: ¿qué significa realmente ser estudiante? ¿Es solo asistir a clases o también implica asumir un rol dentro de la sociedad?
Según Mead, el “yo” se construye en relación con los otros, y en ese sentido, conocer la historia de Mario me llevó a cuestionarme profundamente. Me hizo pensar en mi lugar dentro de la universidad, no solo como alguien que estudia, sino como alguien que también puede generar impacto desde su realidad.
Además, como persona con discapacidad visual, muchas veces mi experiencia dentro de los espacios educativos está mediada por barreras, pero también por la manera en que los demás interpretan y se relacionan conmigo. En ese sentido, el interaccionismo simbólico también se hace evidente: los significados que otros construyen sobre mí influyen en mis propias experiencias, pero al mismo tiempo, yo también construyo mi identidad a partir de esas interacciones.
El coloquio me hizo ver que la universidad no es solo un espacio académico. Es un espacio simbólico, cargado de historia, de luchas, de memorias que siguen vivas. Y también es un espacio donde cada uno, desde su realidad, puede resignificar su rol.
No fue una experiencia indiferente. Me dejó pensando, me incomodó en el buen sentido, me hizo cuestionar muchas cosas. Me hizo entender que muchas veces vivimos la universidad de forma automática, sin detenernos a pensar en lo que representa.
Conclusión
Conocer el caso de Mario Schaerer Prono no solo amplió mi conocimiento, sino que transformó mi manera de ver la universidad y mi lugar dentro de ella. Desde el interaccionismo simbólico, esta experiencia demuestra que los significados no están dados, sino que se construyen en la interacción. Y en mi caso, ese proceso estuvo profundamente atravesado por mi forma particular de percibir el mundo.
Reflexión individual – Interaccionismo simbólico – Eduardo Martínez. Trabajo realizado para la cátedra de Teoría de la Comunicación II.