La Albirroja mantiene el invicto en la era Alfaro tras empatar con Colombia en Barranquilla, pero mientras el fútbol da alegrías, las calles cuentan otra historia. En Paraguay, marzo no solo es un mes clave para las eliminatorias mundialistas, sino también para la memoria y la lucha social. Entre festejos deportivos y protestas ciudadanas, el pueblo sigue reclamando justicia y derechos en un país donde las remontadas no solo ocurren en la cancha.
Escrito por: Juanfer Abud @juanfer_abud
Editado por: Auxi Báez @auxi___
Fotografías de: Federico Legal @fedelegcol
La semana pasada, la Albirroja empató 2-2 contra Colombia en un estadio tan hostil y duro como el de Barranquilla. Gustavo “Lechuga” Alfaro llena de ilusiones a un país golpeado, dolido y que siente que el fútbol tiene una deuda con él tras tres ediciones sin acudir a la máxima cita del deporte rey.

Como acostumbra el equipo de Alfaro, revirtió una situación adversa. Tras empezar perdiendo y, antes de los 15 minutos, estar dos goles abajo, un cabezazo certero —esta vez de Junior Alonso— justo antes del descanso y un golazo, ya sea de la mano (o del pie) de Julio Enciso, mantuvieron el invicto de la era Alfaro.
El objetivo final está cada vez más cerca. El sufrimiento de no ir al Mundial durante tanto tiempo parece estar por terminar, y hay una o más generaciones que nunca vieron a su querida selección jugar un partido mundialista, con todo lo que eso representa. Ahora, por fin, parece que disfrutarán de tan afamado placer.
Sin embargo, las calles no dicen lo mismo. Gritos ahogados, reclamos y clamores contra la constante injusticia se repiten en el día a día. Y marzo, en Paraguay, no es un mes cualquiera.
Así como marzo es clave para la clasificación de los países sudamericanos al Mundial de fútbol, lo es aún más para la joven república democrática en la que vivimos. Si bien en febrero se recuerda el golpe de Estado que nos permitió vivir libres y sin miedo, es en marzo cuando, año tras año, recordamos los intentos de arrebatarnos esa libertad como paraguayos y paraguayas.

La historia de Claudio Rejala, aquel repositor de supermercado que fue noticia la semana pasada por su encuentro con el seleccionador, es la historia de cientos de miles de paraguayos. Esos once loquitos que corren tras una pelota les dan un poco de felicidad a miles que no saben cómo llegar a fin de mes, que son testigos mudos de la desidia del Estado paraguayo y que, como cada marzo, deciden salir a marchar por lo que les corresponde y reclamar hasta el más básico de los derechos.
Al mismo tiempo que la historia de Claudio estaba en boca de todos, también lo estaban los reclamos, la protesta de un pueblo sufrido y el recuerdo de aquellos mártires de la democracia en 1999 y 2017. En marchas cívicas, pacíficas y sin destrozos, la gente demostró su cansancio. Esa misma gente trabajó todo el día y luego asistió a la marcha desde la Plaza Uruguaya hasta la Plaza de los Desaparecidos, en el centro de Asunción.
Fueron tres días de marcha, desde el martes 25 hasta el jueves 27. Así como en Asunción, también hubo manifestaciones en Itapúa y Ciudad del Este, que culminaron con la tradicional marcha campesina, la cual, año tras año, sigue reclamando sus derechos y exigiendo una reforma agraria.
La historia paraguaya está marcada por la injusticia: desde aquel famoso gol de oro en Francia 98 hasta los asesinatos en el Marzo Paraguayo de 1999 y en 2017. Pero las injusticias siguen acumulándose. La emblemática esquina de Palma y Chile, donde se celebró el primer partido, estuvo totalmente custodiada por policías, impidiendo el paso de quienes querían festejar el empate. Injusticias como la sobrefacturación de simples pupitres, que seguramente debían ir a una escuela necesitada en algún rincón del país, mientras se lucraba con la necesidad de los niños. O como el espionaje brasileño sobre nuestro país para su propio beneficio, que probablemente quedará sin repercusiones. No en vano hay un libro titulado Infortunios del Paraguay.

Esperemos volver al Mundial en 2026, escuchar nuestro himno sonar en algún estadio de América del Norte, sentirnos orgullosos —aunque sea por un momento— de ser paraguayos, emocionarnos y llorar ante tal despliegue de emociones futbolísticas y patrióticas. Esperemos también que las injusticias terminen.
Que los reclamos por un Paraguay mejor, más justo y democrático nos hagan sentir igual de orgullosos. Que nos emocionemos y lloremos no solo por el fútbol, sino por haber conquistado el más básico de nuestros derechos: el exaltamiento de nuestros principios como democracia y como república independiente.
Quién sabe. Así como se pueden remontar dos goles tempraneros, quizás también podamos remontar el rumbo de nuestro país.