Cuando la realidad supera a la pesadilla

 

(Relato basado en un hecho real)

Texto: Guadalupe Acosta
Foto: Lia Fleitas

El sol atravesó el cristal de mi ventana. Me alumbró poco a poco la cara, invitándome a despertar. Di la vuelta sobre el colchón, lo ignoré. Pensé en que podía perdonarme 5 minutos más de sueño, y entonces miré el reloj.

Un siete con dos ceros me indicaba que no, que ya no había tiempo para seguir descansando así que con mucha pereza y sintiendo que el peso de mi cuerpo era invencible logré alzarme y dirigirme al baño.

El cuarto de blanco hospitalario estaba seco y todo se encontraba como ayer. La ropa de mi hermano tirada en el piso, las cremas de mamá ocupando el lavado. Despejé mi camino y lentamente me dejé arrastrar hacia la ducha, donde la presión del agua se llevó el resto de cansancio que sentía.

La casa estaba en absoluto silencio como era la costumbre de todos los domingos. Mis pasos resonaban en el eco de sala mientras tomaba apurada mi última taza de café para luego colocarme un abrigo y emprender la marcha.

En ese entonces era parte de un grupo de iglesia de mi barrio. Nada raro para una chica de 17 años y encima paraguaya. No me malinterpreten, creo en Dios, pero no en toda esa bolaterapia de las religiones. Pero a mamá le hacía bien que fuera y luego de tantas discusiones creo que también iba para escapar de los problemas.

Camine varias cuadras, no estaba lejos. Me encontraba a cinco minutos de la parroquia cuando los veo cerca. Eran dos. Reacciono de la misma manera que todas, ocultándome debajo de la capucha de mi abrigo, pidiendo a la tela que de alguna forma me haga invisible y finjo no verlos mientras acelero el paso.

Y todo pasó tan rápido, pero aun así lo recuerdo. Uno me empuja contra la pared, yo aterrada ahogo un grito. El otro se arrima hacia mí y susurra con un aliento asqueroso “Dame tu celular”. Amague buscarlo rápidamente y entonces me empuja más fuerte para decirme “Mentira, yo solo quiero un beso”.

Sentí como todo mi alrededor se derrumbaba, no sabía qué hacer. “No por favor, a mí no” pensaba. No respondí. Me trataban de tocar y yo bloqueaba cada uno de sus movimientos. Pasa un auto y ellos se alejan un poco, yo intento correr y me atrapan. Nuevamente arrinconada, ahí a merced de dos pendejos, que no tendrían ni dos años más que yo. En eso uno de ellos, el que me acosaba, se distrae y veo la única escapatoria: lo pateo una y otra vez y comienzo a correr. Su amigo me grita: Perra, te hacés la difícil, puta. Pero mis pies no paran hasta que llego a un local de comidas. Entonces me siento y lloro. Lloro porque nunca me sentí tan violentada. Lloro porque si él no se hubiera distraído no sé qué hubiera pasado conmigo. Lloro porque si lo denunciaba probablemente sería yo la que termine con problemas por golpearlo. Lloro porque desde esa vez mi libertad se vio coartada y nunca más pude caminar por esa misma cuadra. Lloro porque lo que creía que pasaba solo en pesadillas se volvió una realidad.

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